Vivimos encontrando simulacros, haciendo de todo lo que vivimos simulacros o ensayos. Vivimos simulacros de éxitos con las pequeñas metas que alcanzamos hasta que tratamos de llegar a nuestro objetivo principal, vivimos simulacros de relaciones (entre las que puede haber algunas de ellas que sean tóxicas, aunque al ser las primeras veces que las vivimos no las reconozcamos) hasta que encontramos alguna que nos llene medianamente, vivimos simulacros de sueños hasta que nos damos cuenta de qué es lo que decidimos de verdad. Cada día es un simulacro de algo que queremos hacer y por alguna razón que no está en nuestras manos no llegamos a hacer. Estos simulacros nos dan más seguridad y tranquilidad, se concierten en campos de prueba en los que podemos mejorar nuestras capacidades, y las derrotas no serán tan dolorosas al ser la imitación de algo, pero en contrapartida un simulacro no va a dar una satisfacción tan real como la de la situación real que queremos vivir. Nos queda a medio camino del verdadero éxito y la verdadera satisfacción, como probar algo en una degustación que por mucho que nos quede buen sabor de boca no podemos tomar la cantidad que nosotros queramos. Aunque sin esos simulacros no podríamos aprender a manejarnos en el resto de situaciones, cuando los simulacros inundan tu vida se convierten en algo plástico, artificial y falsificado, con lo que te puedes contentar de manera instantánea pero cuyo efecto no durará demasiado.
Jack
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